martes, 21 de enero de 2014


Mundo feudal-mundo actual
(reportaje al historiador Perry Anderson, por Jorge Halperín y Daniel Sack) 

  - ¿En qué nos parecemos a la sociedad feudal?
 - En esta sociedad que tiene Estados débiles, que construye muros entre distintos sectores y que privatiza la seguridad, ¿no es muy parecida al mundo feudal ?
- Se parece, pero hay diferencias grandes. Por una parte, las sociedades feudales estaban unificadas por fuertes valores ideológicos. Estaba la Iglesia Cristiana, que daba un sentido de unidad y ayudaba a que la gente aceptara esa sociedad. Todo era muy claro y cada uno tenía una función : estaban los que luchaban, los que rezaban y los que trabajaban. Las personas de cada estamento tenían muy claro su lugar y así lograron una gran integración social.
- ¿No había marginados como ahora ?
- Claro, no había grandes masas de gente excluída. El siervo, por más que su papel hoy nos parezca poco honorable, estaba completamente integrado a la comunidad. La sociedad de esa época necesitaba su aporte y él era consciente de eso. Ahora es diferente : los marginales, los que no consiguen ningún trabajo, no tienen casa, no se sienten necesarios...
- ¿Hoy se puede prescindir de ellos ?
- Claro. Las sociedades están desintegradas : el ambiente general es de cinismo, de indiferencia, descreimiento ; no hay una atmósfera de fe. Esa es la gran diferencia con el feudalismo. Por otra parte, diría que el grupo dirigente es distinto.
Los hombres feudales estaban orgullosos de su papel . Esas clases dominantes tradicionales basadas en el nacimiento y en los rangos poseían un sentido muy profundo de identidad colectiva de moralidad. Era un orgullo de clase.
- ¿Y acaso  hoy los poderosos no están orgullosos de serlo ?
- No existe en ellos un sentimiento de identidad colectiva. Y esto es inevitable en un momento en que la especulación, es decir el azar, se convirtió en la base de la vida económica. Una vez que la especulación pasa a ser la actividad central de la clase, podemos estar seguros de que no va a haber una gran estabilidad en su composición. Esto es lo que distingue al mundo actual del feudalismo...
- Otra diferencia que se advierte con el período feudal es que hoy toda está muy integrado y un hecho económico repercute en cualquier parte del mundo.
-  Obviamente. Esta tremenda movilidad es nueva. Lo único que todavía no cambia fácilmente es el trabajo : no se pueden modificar funciones y desplazar gente geográficamente con tanta fluidez...

domingo, 19 de enero de 2014

Reportaje  a Eric Hobsbawm, 2008 (fragmento)

Hobsbawm dijo a la BBC que habrá un mayor rol del Estado. Y lamentó la falta de fuerzas de izquierda.

ADVERTENCIA. "EL PELIGRO POLITICO Y SOCIAL ES PROFUNDO", DIJO HOBSBAWM.
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Ha sido llamado el "historiador vivo más influyente" por la revista New York Review. (1) Marxista, el británico Eric Hobsbawm es autor de una brillante producción académica sobre los últimos tres siglos de historia occidental. A sus 91 años, afirma que la debacle financiera es "el equivalente al colapso de la URSS y el final de una era". "Sabemos que se terminó una era pero no sabemos qué vendrá", comentó días atrás en un largo reportaje concedido a la BBC de Londres, donde reside. Éste es un fragmento del diálogo.

¿Regresará el estatismo?

Ciertamente es la más grave crisis del capitalismo desde la década del 30. Creo que esta crisis es más dramática por los más de 30 años de una cierta ideología "teológica" del libre mercado. Porque como Marx, Engels y Schumpeter han previsto, la globalización -que está implícita en el capitalismo- no sólo destruye una herencia de tradición sino también es increíblemente inestable: opera a través de una serie de crisis. Y esto está siendo reconocido como el fin de una era específica. Sin dudas, se hablará más de John Keynes y menos de Milton Friedman. Todos están de acuerdo en que habrá un mayor rol para el Estado. Ya hemos visto al Estado como el prestamista de última instancia. Quizás regresaremos a la idea del Estado como el empleador de última instancia, que es lo que fue bajo el "New Deal" en EE.UU. Lo que sea, será un emprendimiento público de acción e iniciativa, algo que orientará, organizará y dirigirá también la economía privada. Será mucho más una economía mixta que lo que ha sido.

¿Y qué del Estado como redistribuidor?

Creo que será pragmático de la forma que era antes. Lo que ha estado pasando es que en los últimos 30 años el capitalismo global ha operado de una forma inestable, excepto -por varias razones- en los países desarrollados. Ellos se han mantenido, hasta un cierto punto, al margen, y por ello lo han minimizado. En Brasil, en los '80; en México en los '90; en el sudeste asiático y Rusia en los '90; en Argentina en 2000: todos sabían que estas cosas podían traer catástrofes en el corto plazo. Y para nosotros eso implicaba caídas tremendas en la Bolsa de Londres pero luego, seis meses después, recomenzábamos de nuevo. Ahora, tenemos los mismos incentivos que habían en los '30: si no se hace nada, el peligro político y social es profundo.

Usted estuvo en Alemania cuando Hitler llegó al poder. ¿Podría darse algo remotamente parecido?

En los años '30 el efecto político neto a corto plazo de la Gran Depresión fue el fortalecimiento de la derecha, con dos excepciones. Una fue Escandinavia y -curiosamente- Estados Unidos, donde reaccionaron a quien sería el equivalente de Bush. A la izquierda no le fue bien en los '30 hasta que llegó la guerra. Entonces, creo que ése es el principal peligro. La izquierda está virtualmente ausente. Entonces, a mí me parece que el principal beneficiario de este descontento, otra vez con la posible excepción -al menos eso espero- de Estados Unidos, será la derecha.

¿Lo que vemos ahora es el equivalente de la caída de la URSS para la derecha?

Sí, así lo creo, creo que éste es el equivalente dramático al colapso de la Unión Soviética. Ahora sabemos que se terminó una era. No sabemos qué vendrá. Tenemos un problema intelectual: solíamos pensar que habían dos alternativas, o una o la otra: o el libre mercado o el socialismo. Creo que tenemos que dejar de pensar en una o la otra y debemos pensar en la naturaleza de la mezcla.

¿Cree que regresaremos al lenguaje del marxismo?

Hasta un cierto punto, lo hemos hecho. Encuentro bastante extraño que el redescubrimiento de Marx lo han generado los hombres de negocios, ya que no hay izquierda. Desde la crisis de los '90, son los hombres de negocios quienes empezaron a hablar en términos de decir: "Bueno, Marx predijo esta globalización y podemos pensar que el capitalismo está planteado como una serie de crisis". No creo que el lenguaje marxista políticamente será prominente; pero intelectualmente, la naturaleza del análisis marxista sobre la forma en la que el capitalismo opera verdaderamente será importante.



(1) falleció en el 2012. 


 

viernes, 17 de enero de 2014


"La sartén por el mango" (y el mango también)




Sugerencia: ver entrada "Eva y Victoria".

Algo sobre la identidad


“Vaya a saber uno cuántos ridículos firuletes habremos hecho los criollos para agradar a los polacos y coreanos. ¿Estaremos bien? ¿No seremos una nación fuera de lugar ? ¿Qué pensarán de nosotros estos visitantes holandeses ? ¿Le ha gustado nuestra autopista, Sr. Smith ? ¡Cuidado, disimulen que ahí viene un francés ! ¿No estaremos desentonando en el concierto internacional ? Yo creo que tal vez no importa desentonar en un concierto que es dirigido por Mandinga.
Vale la pena intentar el camino más difícil, el más penoso, el más largo, pero también el más seguro. Es el camino de la verdad... Y si queremos que el mundo piense que somos una gran nación, sepamos que lo más convincente es ser de veras una gran nación. Mientras llegan esos tiempos, podríamos empezar a fingir que no fingimos”.  (Alejandro Dolina).


domingo, 12 de enero de 2014

 Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros... 

 ¿Democracia o capitalismo?

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Por Boaventura de Sousa Santos * (art. de Página 12)
Al inicio del tercer milenio, las fuerzas de izquierda se debaten entre dos desafíos principales: la relación entre democracia y capitalismo, y el crecimiento económico infinito (capitalista o socialista) como indicador básico de desarrollo y progreso. En estas líneas voy a centrarme en el primer desafío.
Contra lo que el sentido común de los últimos 50 años nos puede hacer pensar, la relación entre democracia y capitalismo siempre fue una relación tensa, incluso de contradicción. Lo fue, ciertamente, en los países periféricos del sistema mundial, en lo que durante mucho tiempo se denominó Tercer Mundo y hoy se designa como Sur global. Pero también en los países centrales o desarrollados la misma tensión y la misma contradicción estuvieron siempre presentes. Basta recordar los largos años de nazismo y fascismo.
Un análisis más detallado de las relaciones entre capitalismo y democracia obligaría a distinguir entre diferentes tipos de capitalismo y su dominio en diferentes períodos y regiones del mundo, y entre diferentes tipos y grados de intensidad de la democracia. En estas líneas concibo al capitalismo bajo su forma general de modo de producción y hago referencia al tipo que ha dominado en las últimas décadas, el capitalismo financiero. En lo que respecta a la democracia, me centro en la democracia representativa tal como fue teorizada por el liberalismo.
El capitalismo sólo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus “necesidades”, mientras que la democracia es idealmente el gobierno de las mayorías que no tienen capital ni razones para identificarse con las “necesidades” del capitalismo, sino todo lo contrario. El conflicto es, en el fondo, un conflicto de clases, pues las clases que se identifican con las necesidades del capitalismo (básicamente, la burguesía) son minoritarias en relación con las clases que tienen otros intereses, cuya satisfacción colisiona con las necesidades del capitalismo (clases medias, trabajadores y clases populares en general). Al ser un conflicto de clases, se presenta social y políticamente como un conflicto distributivo: por un lado, la pulsión por la acumulación y la concentración de riqueza por parte de los capitalistas, y, por otro lado, la reivindicación de la redistribución de la riqueza generada en gran parte por los trabajadores y sus familias. La burguesía siempre ha tenido pavor a que las mayorías pobres tomen el poder y ha usado el poder político que le concedieron las revoluciones del siglo XIX para impedir que eso ocurra. Ha concebido a la democracia liberal de modo de garantizar eso mismo a través de medidas que cambiaron con el tiempo, pero mantuvieron su objetivo: restricciones al sufragio, primacía absoluta del derecho de propiedad individual, sistema político y electoral con múltiples válvulas de seguridad, represión violenta de la actividad política fuera de las instituciones, corrupción de los políticos, legalización del lobby... Y siempre que la democracia se mostró disfuncional, se mantuvo abierta la posibilidad del recurso a la dictadura, algo que sucedió muchas veces.
Después de la Segunda Guerra Mundial, muy pocos países tenían democracia, vastas regiones del mundo estaban sometidas al colonialismo europeo, que servía para consolidar el capitalismo euro-norteamericano, Europa estaba devastada por una guerra que había sido provocada por la supremacía alemana, y en el Este se consolidaba el régimen comunista, que aparecía como alternativa al capitalismo y la democracia liberal. En este contexto surgió en la Europa más desarrollada el llamado capitalismo democrático, un sistema de economía política basado en la idea de que, para ser compatible con la democracia, el capitalismo debería ser fuertemente regulado, lo que implicaba la nacionalización de sectores clave de la economía, un sistema tributario progresivo, la imposición de las negociaciones colectivas e incluso, como sucedió en la Alemania Occidental de entonces, la participación de los trabajadores en la gestión de empresas. En el plano científico, Keynes representaba entonces la ortodoxia económica y Hayek, la disidencia. En el plano político, los derechos económicos y sociales (derechos al trabajo, la educación, la salud y la seguridad social, garantizados por el Estado) habían sido el instrumento privilegiado para estabilizar las expectativas de los ciudadanos y para enfrentar las fluctuaciones constantes e imprevisibles de las “señales de los mercados”. Este cambio alteraba los términos del conflicto distributivo, pero no lo eliminaba. Por el contrario, tenía todas las condiciones para instigarlo luego de que se debilitara el crecimiento de las tres décadas siguientes. Y así sucedió.
Desde 1970, los Estados centrales han estado manejando el conflicto entre las exigencias de los ciudadanos y las exigencias del capital mediante el recurso a un conjunto de soluciones que gradualmente fueron dando más poder al capital. Primero fue la inflación (1970-1980); después, la lucha contra la inflación, acompañada del aumento del desempleo y del ataque al poder de los sindicatos (desde 1980), una medida complementada con el endeudamiento del Estado como resultado de la lucha del capital contra los impuestos, del estancamiento económico y del aumento de los gastos sociales originados en el aumento del desempleo (desde mediados de 1980), y luego con el endeudamiento de las familias, seducidas por las facilidades de crédito concedidas por un sector financiero finalmente libre de regulaciones estatales, para eludir el colapso de las expectativas respecto del consumo, la educación y la vivienda (desde mediados de 1990). Hasta que la ingeniería de las soluciones ficticias llegó a su fin con la crisis de 2008 y se volvió claro quién había ganado en el conflicto distributivo: el capital. La prueba: la conversión de la deuda privada en deuda pública, el incremento de las desigualdades sociales y el asalto final a las expectativas de una vida digna de las mayorías (los trabajadores, los jubilados, los desempleados, los inmigrantes, los jóvenes en busca de empleo) para garantizar las expectativas de rentabilidad de la minoría (el capital financiero y sus agentes). La democracia perdió la batalla y sólo evitará ser derrotada en la guerra si las mayorías pierden el miedo, se rebelan dentro y fuera de las instituciones y fuerzan al capital a volver a tener miedo, como sucedió hace sesenta años.
En los países del Sur global que disponen de recursos naturales la situación es, por ahora, diferente. En algunos casos, por ejemplo en varios países de América latina, hasta puede decirse que la democracia se está imponiendo en el duelo con el capitalismo, y no es por casualidad que en países como Venezuela y Ecuador se comenzó a discutir el tema del socialismo del siglo XXI, aunque la realidad esté lejos de los discursos. Hay muchas razones detrás, pero tal vez la principal haya sido la conversión de China al neoliberalismo, lo que provocó, sobre todo a partir de la primera década del siglo XXI, una nueva carrera por los recursos naturales. El capital financiero encontró ahí y en la especulación con productos alimentarios una fuente extraordinaria de rentabilidad. Esto permitió que los gobiernos progresistas –llegados al poder como consecuencia de las luchas y los movimientos sociales de las décadas anteriores– pudieran desarrollar una redistribución de la riqueza muy significativa y, en algunos países, sin precedentes. Por esta vía, la democracia ganó nueva legitimidad en el imaginario popular. Pero, por su propia naturaleza, la redistribución de la riqueza no puso en cuestión el modelo de acumulación basado en la explotación intensiva de los recursos naturales y, en cambio, la intensificó. Esto estuvo en el origen de conflictos –que se han ido agravando– con los grupos sociales ligados a la tierra y a los territorios donde se encuentran los recursos naturales, los pueblos indígenas y los campesinos.
En los países del Sur global con recursos naturales pero sin una democracia digna de ese nombre, el boom de los recursos no trajo ningún impulso a la democracia, pese a que, en teoría, condiciones mas propicias para una resolución del conflicto distributivo deberían facilitar la solución democrática y viceversa. La verdad es que el capitalismo extractivista obtiene mejores condiciones de rentabilidad en sistemas políticos dictatoriales o con democracias de bajísima intensidad (sistemas casi de partido único), donde es más fácil corromper a las elites, a través de su involucramiento en la privatización de concesiones y las rentas del extractivismo. No es de esperar ninguna profesión de fe en la democracia por parte del capitalismo extractivista, incluso porque, siendo global, no reconoce problemas de legitimidad política. Por su parte, la reivindicación de la redistribución de la riqueza por parte de las mayorías no llega a ser oída, por falta de canales democráticos y por no poder contar con la solidaridad de las restringidas clases medias urbanas que reciben las migajas del rendimiento extractivista. Las poblaciones más directamente afectadas por el extractivismo son los campesinos, en cuyas tierras están los yacimientos mineros o donde se pretende instalar la nueva economía agroindustrial. Son expulsados de sus tierras y sometidos al exilio interno. Siempre que se resisten son violentamente reprimidos y su resistencia es tratada como un caso policial. En estos países, el conflicto distributivo no llega siquiera a existir como problema político. De este análisis se concluye que la actual puesta en cuestión del futuro de la democracia en Europa del Sur es la manifestación de un problema mucho más vasto que está aflorando en diferentes formas en varias regiones del mundo. Pero, así formulado, el problema puede ocultar una incertidumbre mucho mayor que la que expresa. No se trata sólo de cuestionar el futuro de la democracia. Se trata, también, de cuestionar la democracia del futuro. La democracia liberal fue históricamente derrotada por el capitalismo y no parece que la derrota sea reversible. Por eso, no hay que tener esperanzas de que el capitalismo vuelva a tenerle miedo a la democracia liberal, si alguna vez lo tuvo. La democracia liberal sobrevivirá en la medida en que el capitalismo global se pueda servir de ella. La lucha de quienes ven en la derrota de la democracia liberal la emergencia de un mundo repugnantemente injusto y descontroladamente violento debe centrarse en buscar una concepción de la democracia más robusta, cuya marca genética sea el anticapitalismo. Tras un siglo de luchas populares que hicieron entrar el ideal democrático en el imaginario de la emancipación social, sería un grave error político desperdiciar esa experiencia y asumir que la lucha anticapitalista debe ser también una lucha antidemocrática. Por el contrario, es preciso convertir al ideal democrático en una realidad radical que no se rinda ante el capitalismo. Y como el capitalismo no ejerce su dominio sino sirviéndose de otras formas de opresión, principalmente del colonialismo y el patriarcado, esta democracia radical, además de anticapitalista, debe ser también anticolonialista y antipatriarcal. Puede llamarse revolución democrática o democracia revolucionaria –el nombre poco importa–, pero debe ser necesariamente una democracia posliberal, que no puede perder sus atributos para acomodarse a las exigencias del capitalismo. Al contrario, debe basarse en dos principios: la profundización de la democracia sólo es posible a costa del capitalismo; y en caso de conflicto entre capitalismo y democracia debe prevalecer la democracia real.
* Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Portugal. El texto corresponde a la Décima carta a las izquierdas del autor.
Traducción: Javier Lorca.

jueves, 2 de enero de 2014

Artículo sobre los 20 años del  Zapatismo.

Año Nuevo en Chiapas a veinte años del estallido
Hoy hay fiesta en Oventic. El Año Nuevo se abre paso entre recuerdos, músicas contestatarias, llamados a la rebeldía y la escandalosa situación en la que aún viven los indígenas de la región. Combate y pobreza en Chiapas.
http://www.pagina12.com.ar/commons/imgs/go-gris.gif Por Eduardo Febbro (Página 12) 
Desde Oventic, Chiapas
La voz de los símbolos se calla en cuanto aparece la niebla. Espesa y creciente a medida que la ruta de montaña asciende hacia la comunidad de Oventic, una de las cinco juntas de buen gobierno administradas por los zapatistas. Estas son tierras rebeldes y muy pobres. Aquí, las palabras llenas de símbolos y poesía del Subcomandante Marcos no tienen cabida. Esto es la realidad. Se respira la doble fuerza de la humildad y la dignidad. Hoy hay fiesta. El año viejo se va en medio de la niebla, la garúa y el frío que cubren la cancha donde el EZLN, Ejército Zapatista de Liberación Nacional, organizó la celebración de los 20 años del levantamiento zapatista, 1994-2014. El Año Nuevo se abre paso entre recuerdos, músicas contestatarias, llamados a la rebeldía y la escandalosa situación en la que aún viven los indígenas de la región. Combate y pobreza. “Los de abajo vamos por los de arriba”, canta una rapera venida de los Estados Unidos. Un grupo musical del EZLN con el pasamontañas cubriéndoles el rostro entona corridos zapatistas. No hay tiempo ni espacio para la nostalgia. La gente se abre paso entre el barro y la niebla. Hay mucho por hacer, por construir, por resistir.
El EZLN acusa a las autoridades de mantener en pie una política de guerra, una presión permanente de desgaste cuya meta consiste en marginarlos en la pobreza y sacarles las tierras que recuperaron en 1994. La experiencia zapatista tiene varias lecturas. Muchas pueden ser ciertas individualmente, ninguna abarca la complejidad de un movimiento indígena armado que logró instalar en el paisaje político un sistema de autogobierno que engloba a cerca de mil pueblos agrupados en los municipios autónomos. Estas zonas están regidas con sistemas propios de salud, educación, cultivos agrícolas autosuficientes, seguridad, distribución de café, artesanías o miel. Una buena parte de las familias choles, tzeltales, tojolabales o tzotziles no recibe el amparo de los programas sociales gubernamentales porque no responden del todo a los reglamentos dictados por las autoridades, entre estos, por ejemplo, el pago de impuestos por las tierras.
Cierta prensa urbana y occidental saca un balance injusto de la revolución zapatista. Apuntan hacia el EZLN como un mal gestor de sus comunidades que implementó una revuelta que dos décadas más tarde es estéril. Es una mirada muy estrecha de este vasto conflicto. Chiapas es un modelo en pequeña escala de la arrasadora injusticia del mundo. Hay que vivir o venir a estas tierras para beber el frío y estrechar la hostilidad del clima, la dificultad para renovar los cultivos, la mirada siempre profunda y digna de las comunidades mayas.
“Estamos aprendiendo a gobernarnos de acuerdo a nuestras formas de pensar y de vivir. Estamos tratando de avanzar, de mejorar y fortalecer entre todos, a hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos. Como hace 20 años, dijimos ya basta.” La comandanta Hortensia leyó con vos segura el comunicado del EZLN. Parada en el centro del escenario, con el rostro cubierto, la comandanta reiteró que no habría marcha atrás en el proceso de autonomía. “Existimos y aquí estamos. Hace 20 años no teníamos nada, ningún servicio de salud y educación que sea de nuestro pueblo. No existía ningún nivel de autoridad que sea del pueblo. Ahora tenemos nuestros propios gobiernos autónomos. Bien o mal que se haya hecho, pero es la voluntad del pueblo. (...). Estamos tratando de mejorar nuestros sistemas de salud, educación y gobierno. Estamos claros que falta mucho por hacer, pero sabemos que nuestra lucha avanzará.” Y ahí están esas zonas de autogobierno, perfectibles, dignas, amenazadas: “Es una verdadera guerra de exterminio. Hay decenas de miles de soldados que están ocupando las tierras que nos pertenecen. A pesar de tantas maldades aprendimos a sobrevivir y resistir de manera organizada”, dijo la comandanta.
Chiapas es una reinvención en movimiento, descendiente de aquella madrugada del primero de enero de 1994 cuando los zapatistas ocuparon el Palacio Municipal y lo vaciaron. En el balcón del municipio apareció el comandante Felipe, un tzotzil que leyó con el rostro descubierto el primer comunicado del EZLN, la famosa Declaración de la Selva Lacandona. Aquellas palabras tenían un acento nuevo. Aportaban aire puro a los ya muy usados discursos revolucionarios. Los zapatistas exigían algo distinto: “Para todos todo, nada para nosotros”. No hablaban en nombre de Marx, o del indigenismo puro. Fueron, a su manera increíblemente adelantada, los primeros indignados de la historia moderna. Por eso sus palabras nos englobaron a todos con su portavoz como estandarte, el Subcomandante Marcos, el único mestizo de aquellos tiempos que se sumó a los indígenas. La noche del 31 de diciembre al 1º de enero tomó por sorpresa al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. El mandatario estaba festejando la aplicación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El ministro de Defensa le avisó que un grupo alzado en armas acababa de tomar San Cristóbal de las Casas y otras localidades de Chiapas. Salinas mandó al ejército. Los combates duraron cerca de dos semanas. Al cabo de centenas de muertos, Salinas de Gortari, presionado por su socio norteamericano, el ex presidente norteamericano Bill Clinton, decretó un alto el fuego con una oferta de perdón. El Subcomandante Marcos respondió con una memorable declaración: “¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria? ¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos? ¿De habernos preparado bien y a conciencia? ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas? ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo? ¿De ser mexicanos todos? ¿De ser mayoritariamente indígenas? ¿De llamar al pueblo mexicano todo a luchar de todas las formas posibles, por lo que les pertenece? ¿De luchar por libertad, democracia y justicia? ¿De no seguir los patrones de las guerrillas anteriores? ¿De no rendirnos? ¿De no vendernos? ¿De no traicionarnos?”.
El mensaje zapatista recorrió el mundo. Todo esto se respira en la humedad neblinosa de Oventic, lejos, muy lejos de los análisis de los intelectuales urbanos que no se asoman a estas alturas ni envueltos en frazadas, muy lejos de las estadísticas y las cifras que acercan la sospecha de un fracaso. La resistencia siempre es costosa. El EZLN y los indígenas pagan el tributo de la autonomía que intentan sellar. Hay errores y los habrá siempre. “Los zapatistas tenemos que trabajar y organizarnos más. Ya no sólo se trata de resistir sino organizar la resistencia en todos los niveles. Piensan que con su estrategia van a calar la estrategia, pero se equivocan. Aquí estamos y aquí seguiremos”, recordó la comandante Hortensia.
Y aquí estamos en esta medianoche humilde y grandiosa. Fría y entrañable. El Año Nuevo desviste al anterior. Vendrán nuevas neblinas. Pero esta voz auténtica, estos rostros y estas manos marcadas por la dignidad y el trabajo, ya son un tejido más del patrimonio de rebeldía política de la humanidad.

miércoles, 1 de enero de 2014

1ro. de enero de 2014

20 aniversario del surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional  en México.